
The Four Agreements: A Practical Guide to Personal Freedom, de Don Miguel Ruiz, es un libro de autoayuda que fue un auténtico fenómeno editorial: vendió 15 millones de ejemplares, pasó más de diez años en la lista de bestsellers del New York Times y recibió entusiastas comentarios de Oprah Winfrey y Deepak Chopra.
El email de invitación, que me proponía leer el libro y pasar una semana viviendo según sus preceptos, tenía una línea que me convenció de aceptar: “The idea is to have fun with it. And that hopefully you learn something along the way? But it’s OK if you don’t.” La obligatoriedad de aprender algo me hubiera paralizado, pero sabiendo que mejorar como persona no era un requisito indispensable, me sentí lo suficientemente relajado como para intentarlo.

The Four Agreements: A Practical Guide to Personal Freedom
By Don Miguel Ruiz
Tarcher, 160pp
La lectura del libro no me resultó sencilla. Más allá del estilo del autor, que procede mediante ejemplos y repeticiones para detallar cada uno de los “cuatro acuerdos” del título, mi historia personal y mis prejuicios me estorbaban constantemente en la lectura. Don Miguel Ruiz afirma que el suyo es un “libro de sabiduría tolteca,” y ahí es donde me encontré con el primer escollo.
Cuando yo era niño, mi padre se involucró con un grupo New Age que también se decía heredero de la tradición tolteca. Eran lectores de Carlos Castaneda que habían desarrollado una serie de prácticas basadas en los libros de aquel autor. Mi infancia y primera adolescencia estuvo marcada por ese grupo, y luego pasé varios años negando su influencia en mi vida. Durante esos años, me di cuenta de que el término “tolteca”, dentro de la comunidad New Age, no se refiere a ninguna cultura indígena en específico. Los toltecas fueron una civilización militarista del periodo posclásico (antes de los aztecas), asentados en la región central de México. Se sabe que eran politeístas y que realizaban sacrificios humanos, pero es imposible derivar una “filosofía de vida” aplicable al mundo contemporáneo de una cultura desaparecida hace más de ochocientos años. Por eso son una pantalla perfecta para proyectar todas las asociaciones que uno quiera. Miguel Ruiz atribuye a los toltecas varias palabras y nociones que en realidad vienen del idioma español, como para empapar su método de un espíritu ancestral y una sabiduría milenaria. El uso instrumental del pasado indígena por parte del New Age me molesta por razones políticas, y para avanzar en la lectura de The Four Agreements tuve que hacer un esfuerzo por desactivar esa lectura crítica y concentrarme en lo demás.
Pero, ¿qué es lo demás? Lo demás son los cuatro acuerdos, que aparecen resumidos en la solapa del libro: “1. Be impeccable with your word. 2. Don’t take anything personally. 3. Don’t make assumptions. 4. Always do your best”. Después de leerlos y leer sus descripciones, me pareció que contenían una gran dosis de sentido común, y que de hecho podían ayudarme a desplazar o postergar un poco mi ansiedad durante una semana. He aquí los resultados.
Lunes-Martes
Me había propuesto empezar la dieta espiritual el lunes 11 de mayo, pero se me olvidó por completo. Hubiera sido un buen día para empezar. Por la mañana tuve una videollamada con un viejo amigo, director de cine, que está interesado en adaptar un cuento mío para su próximo largometraje. Después de la llamada me dediqué a leer, di un paseo por la Ciudad de México, escribí un rato la novela en la que estoy trabajando. Pero solo a las 6 de la tarde recordé que tenía que hacer la dieta espiritual, es decir: cumplir al pie de la letra los cuatro acuerdos que don Miguel Ruiz detalla. ¿Podía considerar el día como parte de la dieta, si no había sido consciente de estar haciendo la dieta? Si alguien vive cristianamente toda una vida, pero no sabe nada de la palabra de Cristo, ¿podemos decir que es cristiano? Decidí que no: para seguir los preceptos de Miguel Ruiz debía tenerlos presentes, pensar en ellos, traer un nivel de intencionalidad a mi vida.
El martes tuve que ayunar para hacerme análisis de sangre en un hospital público, 15 kilómetros al sur de donde vivo. Mi cita en el laboratorio era a las 10:30, o sea que el lunes cené tarde, a las 10 de la noche. El ayuno no era tanto problema como la falta de café. Intenté trabajar un rato por la mañana, antes de ir al laboratorio, pero me sentía adormilado y lento, así que en vez de escribir releí los cuatro acuerdos del libro.
La sala de espera de un hospital público en México puede ofrecer un panorama un tanto deprimente. Viejitos con bolsas de colostomía o tanques de gas, personas en silla de ruedas, largas colas y un sistema burocrático complejo que implica tomar turnos, esperar varias horas y estar atento por si alguien grita tu nombre. Pero cada vez que el sistema me desespera, recuerdo que tengo atención de primer nivel y medicamentos gratuitos para una enfermedad crónico-degenerativa que, en los Estados Unidos, me habría arruinado económicamente. El enfermero que me tomó la muestra de sangre era más bien grosero y no respondió a mis preguntas ni a mis saludos, pero decidí no tomármelo personalmente: estaba cumpliendo con el segundo acuerdo.
Ese mismo día, por la tarde, tuve sesión de psicoanálisis. Fue difícil no hablar mal de mí mismo ni tomarme las cosas personalmente, que es esencialmente lo que suelo hacer en terapia, así que terminé contándole a mi analista que estaba viviendo según The Four Agreements y que por eso estaba tan optimista. Se quedó un poco desconcertado.
Miércoles
El miércoles tuve que volver al hospital público, esta vez para mi cita médica y para recibir las medicinas. El doctor les echó un ojo a mis estudios del día anterior y me confirmó lo que ya sospechaba: tengo una nueva enfermedad autoinmune, síndrome de Sjögren. El síntoma más molesto es que experimento una sed insaciable. Por mucho que tome agua, mi boca siempre está seca. Recordé que en el canto XXX del Infierno de Dante hay un falsificador de monedas que sufre el mismo castigo. Pensé que quizás yo también había falsificado algo—quizás una emoción: la falsa calma que le presté a algún personaje—y por eso sufría ahora el tormento. Entonces recordé los cuatro acuerdos y detuve la interpretación hiperbólica (pues de eso se trata sobre todo el método: de detener las interpretaciones): caminé hasta una librería y me senté a tomar café y leer Formas breves, de Ricardo Piglia. Estaba haciendo lo mejor posible, y la verdad es que parecía funcionar: el mundo se abría más amablemente para mí.
Por la tarde fui a cortarme el pelo. Mi peluquero y yo siempre hablamos de sexo, y esta vez no fue la excepción: me contó que había viajado al pueblo de su novio a conocer a la familia, y había sido difícil para ellos coger en la casa familiar, además de que hacía muchísimo calor durante el día. Mi peluquero parecía contento de haber avanzado un paso más en el camino de la intimidad con su pareja, pero extrañaba la animalidad sexual de los primeros tiempos.
Jueves
Por la mañana llegó la factura del agua y era altísima: diez veces más de lo normal. Pensé que habíamos arreglado la fuga hace dos meses, pero al parecer el problema seguía. Tal vez era mi sed crónica la que había hecho subir tanto el gasto. Abrí la compuerta del sótano y solté un grito: se había inundado de nuevo. El sótano se inunda desde hace meses y nadie ha sido capaz de explicarnos por qué.
El tercer acuerdo dice que no debo hacer suposiciones, pero en estas circunstancias, mi ansiedad tomó las riendas y no pude hacer otra cosa: qué tal si era el lago de Tenochtitlán, reprimido durante siglos, que ahora volvía para arrasar con mi cordura. Pensé que quizás los espíritus de los toltecas se habían enojado por el uso instrumental de su civilización y habían mandado a Tlaloc (dios de la lluvia) a inundar mi casa. Recordé La poética del espacio de Gaston Bachelard: la relación del sótano con el subconsciente. A lo mejor el sótano se había inundado porque yo había falsificado mi sesión de psicoanálisis. Sentí sed, pero bebí un vaso de agua y no cambió nada, qué iba a cambiar.
Pasé todo el día peleándome con los burócratas de la compañía de agua y tratando de controlar las suposiciones, pero a las 8 de la noche, exhausto, me di cuenta de que la única forma de apagar el motor de la ansiedad sería tomando una dosis mínima de Clonazepam. ¿Qué diría Don Miguel Ruiz al respecto? Seguir su método sería mucho más fácil si viviera medicado, pero algo me dice que sería hacer trampa.
Viernes
Escribí dos frases en mi cuaderno: “Es difícil no tener ansiedad. Es difícil no usar mis palabras contra mí mismo”.
El doctor me había dicho, dos días antes, que no produzco lágrimas en el ojo izquierdo, y muy pocas en el derecho. Casi toda mi vida me he identificado como alguien que llora mucho, pero supongo que tendré que adaptarme a estos nuevos cambios.
Por la noche fui a La Americana, la librería de mi amiga Cata. Hablamos durante dos horas sobre cuentos, arte contemporáneo, Buenos Aires, psicoanálisis, DMT y el desierto. Cata me contó de cuando fumó sapo en el desierto de Sonora, cerca de Caborca.
Le conté a Cata que estaba viviendo durante una semana según el método de los cuatro acuerdos. Inevitablemente, terminé hablando de mi infancia, de la experiencia de asistir al campamento New Age de “inspiración tolteca” en el que me enterraron vivo durante una noche. Me di cuenta, hablando con mi amiga, de que eran experiencias muy diferentes. Una cosa era “no hacer suposiciones” y “dar lo mejor de mí mismo”, según los consejos de Miguel Ruiz, y otra cosa muy distinta era hacer ayunos, pasar varios días con los ojos vendados y enterrarme durante ocho horas, como me pasó a los 14 años. La primera era una espiritualidad de andar por casa, un método adaptable a la vida capitalista. El otro era un planteamiento un poco más radical. No era justo de mi parte compararlos sólo porque ambos usaban el elemento “tolteca” como justificación filosófica.
“¿He aprendido algo por el camino? No lo sé. Mi teoría es que The Four Agreements carece totalmente de contenido. Los cuatro acuerdos que están impresos en la solapa del libro son todo lo que hay que leer. Y aún esos cuatro acuerdos son lo suficientemente vagos como para que cada quien los interprete como quiera. Si contienen una intuición acertada, es que es posible sentirse bien con uno mismo por sentirse bien con uno mismo. Es decir: que es posible entrar en un loop de positividad completamente ajeno a las condiciones materiales e históricas del momento. ¿Y qué es lo que descubrí esa semana sobre mis condiciones materiales e históricas? Que no puedo llorar. Pero eso no me vuelve automáticamente una persona feliz.”
Sábado
A la semana siguiente me esperaba un viaje a Schenectady, NY, con Catherine, mi esposa, para asistir a la boda de unos amigos y celebrar, de paso, nuestro aniversario. Así que decidí pasar el fin de semana en casa, sin hacer mucho, leyendo a Proust y trabajando en la novela.
La vida contemplativa me permitió ahondar mejor en los cuatro acuerdos. La gran novela de Proust era, además, la compañía perfecta para mi ejercicio espiritual. Su prosa me sumergía en un trance hipnótico y, al mismo tiempo, suspendía todas mis suposiciones durante un rato. Leer a Proust implica someterse a la mayor impecabilidad del lenguaje concebible. Leer a Proust es hacer lo mejor posible.
Durante años, mi idea de “hacer lo mejor posible” estuvo vinculada a la lectura que Deleuze hace del eterno retorno de Nietzsche. “Vivir cada instante como si fuera a repetirse infinitamente” me parecía una buena máxima moral, porque implicaba cotejar lo cotidiano con lo eternamente cotidiano. Por ahí resuena también Kierkegaard: “La auténtica repetición, suponiendo que sea posible, hace al hombre feliz, mientras el recuerdo lo hace desgraciado.”
Me pregunté si estaría dispuesto a repetir el experimento de The Four Agreements por toda la eternidad. Decidí que probablemente sí. En el libro de Don Miguel Ruiz, la idea de acallar el “mitote,” el ruido de la mente, tiene una ligereza cómica. Y la consigna de no tomarse a uno mismo demasiado en serio, que subyace a los cuatro acuerdos, es también cómica.
Aunque a veces es más fácil burlarse de uno mismo retrospectivamente: sólo porque escribe años más tarde, Proust retrata al joven Marcel con esa ternura cómica que lo caracteriza.
Domingo
¿He aprendido algo por el camino? No lo sé. Mi teoría es que The Four Agreements carece totalmente de contenido. Los cuatro acuerdos que están impresos en la solapa del libro son todo lo que hay que leer. Y aún esos cuatro acuerdos son lo suficientemente vagos como para que cada quien los interprete como quiera. Si contienen una intuición acertada, es que es posible sentirse bien con uno mismo por sentirse bien con uno mismo. Es decir: que es posible entrar en un loop de positividad completamente ajeno a las condiciones materiales e históricas del momento. ¿Y qué es lo que descubrí esa semana sobre mis condiciones materiales e históricas? Que no puedo llorar. Pero eso no me vuelve automáticamente una persona feliz.
Daniel Saldaña París is a novelist and essayist based in Mexico City. His work has been supported by the Cullman Center for Scholars and Writers at the NYPL, the Borchard Foundation, the Banff Centre, Art Omi, MacDowell, and the Jan Michalski Foundation, among others. He was awarded the Eccles Centre & Hay Festival Writers Award in the UK and was a finalist for the Herralde Prize in 2021. His most recent book is The Dance and the Fire.
Daniel Saldaña París es un novelista y ensayista que vive en la Ciudad de México. Su libro más reciente en español es Los nombres de mi padre.
Samuel Rutter is the editor-in-chief of Kismet.
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